Así late Colombia

Picture of Fanori Andrea Lozada Ríos

Fanori Andrea Lozada Ríos

Psicóloga y Neuropsicóloga Clínica

Opinión 

En Colombia hay días en los que uno no vive… uno sobrevive emocionalmente.
Porque aquí pasa algo muy curioso: el mismo día uno puede estar gritando por un gol como si se hubiera ganado la lotería, y media hora después estar diciendo “¿pero qué fue eso?” viendo noticias del país. Y el corazón… trabajando horas extra sin pedir descanso.
El colombiano no ve fútbol tranquilo. Eso no existe.
Aquí el fútbol se vive así:

* Si el equipo va ganando: “¡somos los mejores del mundo!”
* Si va perdiendo: “ya no hay nada que hacer, apague eso mejor”
Y con la política es parecido:

* Si hay una buena noticia: “ahora sí vamos bien”
* Si hay una mala: “ay Dios mío, ¿y ahora qué pasó?”
No hay punto medio. O se celebra como si fuera fiesta nacional o se sufre como si se acabara el mundo.
En Colombia todo se siente personal.

* Si gana la selección: es “nuestra victoria”
* Si pierde: es “nos robaron”
* Si pasa algo en el país: “eso nos toca a todos”
* Si alguien opina diferente: “¡pero cómo así!”
El cerebro colombiano no tiene el botón de “me da igual”. Ese nunca lo instalaron.
Y el problema se pone peor cuando fútbol y noticias del país se juntan el mismo día.
Ahí uno entra en modo supervivencia emocional:
“no me hablen, estoy procesando todo lo que siento”.
Un minuto estás gritando:
—“¡GOOOOL!”
Y al siguiente:
—“¿pero qué está pasando en este país?”
El corazón no alcanza, pero igual hace el intento… pobre, trabaja tiempo completo.
La verdad es sencilla: en Colombia sentimos todo muy fuerte porque nos importa demasiado lo nuestro: el país, la gente, el equipo, todo.
Entonces cualquier cosa buena es una fiesta, y cualquier cosa mala es una mini tragedia nacional. Y así vamos: entre la risa, el susto y el “no puede ser”.
La solución no es dejar de sentir (eso sería imposible), sino bajar un poquito el volumen de vez en cuando: respirar antes de opinar, no ver todo al mismo tiempo y, sobre todo, comer algo rico mientras pasa el drama, porque eso siempre ayuda.
Dicen que una arepa o un café no arregla el país… pero al menos le da paciencia al alma.
En Colombia no somos exagerados… somos emocionalmente intensos con orgullo.
Aquí el corazón no descansa, pero tampoco se aburre.
Y aunque a veces uno diga “esto es demasiado”, la verdad es que esa intensidad es la que hace que un gol se sienta como gloria… y que cualquier cosa del país se sienta como historia grande.
Al final, vivimos así: sintiendo todo, riéndonos de todo… y sobreviviendo con humor.
Y aunque yo no vivo en Colombia, la verdad es que aquí se siente igual.
Mi esposo, mis hijos y todos los que amamos nuestro país vivimos esto con la misma intensidad. Si hay fútbol, gritamos como si estuviéramos en la final del mundo, y si hay noticias del país, ahí mismo opinamos como si fuéramos expertos en todo.
Es que ser colombiano no se quita con nada. Ni la distancia, ni los papeles, ni los países pueden con eso. Eso viene en el corazón.
Uno puede vivir donde sea, pero la esencia sigue igual: sentir todo, reírse de todo, preocuparse un poquito… y seguir adelante, porque al final amamos lo nuestro.

Comparte