Violencia Silenciosa

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Fanori Andrea Lozada Ríos

Psicóloga y Neuropsicóloga Clínica

Opinión 

Seguramente has escuchado la historia de la rana en la olla. Al principio, el agua está tibia, agradable… la rana se siente segura, confiada, casi feliz. Tan tranquila que podría dar un mini concierto. Pero, poco a poco, alguien sube la llama. Lo que parecía confortable se vuelve peligroso. La rana, acostumbrada a esa aparente calma, no logra saltar a tiempo y muere cocinada. Triste final.

Esta metáfora no se limita a las relaciones de pareja.
Padres, hijos, amigos, compañeros de trabajo, familiares… cualquier vínculo puede convertirse en una “olla tibia”. Los pequeños abusos, manipulaciones o humillaciones parecen insignificantes al inicio… hasta que el daño se vuelve profundo y difícil de revertir.

He visto en los ojos de mis pacientes señales de todo tipo de violencia. Como aquel adolescente que se corta diariamente porque en su casa no puede hablar de su sexualidad; padres manipuladores que lo hacen sentir culpable por ser quien es. O aquella mujer de 40 años, abusada en su infancia, atrapada hoy en relaciones dependientes y controladoras, con hombres que deciden hasta qué ropa puede usar. Algunos son peligrosos con encanto: dulces al comienzo, como un postre irresistible, y luego furiosos como un toro desbocado. También están los celosos profesionales, capaces de revisar hasta la lista de amigos imaginarios de la infancia.

He conocido a madres críticas, incapaces de tolerar la frustración, que estallan con tanta facilidad que sus hijos prefieren callar antes que enfrentarse a ellas. Y estos son solo algunos ejemplos de cómo la violencia puede disfrazarse. ¿Te suena familiar?

Quizás pienses: “Yo no ejerzo violencia”. Pero también podrías ser quien la sufre.
Recuerdo a una mujer tan empática y paciente con su esposo que perdió su esencia, su motivación y terminó hundida en la depresión. O a un hombre atrapado en un matrimonio infeliz, reprochándose todo el tiempo: “¿Qué hice mal?”, incapaz de irse.

Tal vez eres como aquel amigo que sabe que le son infiel, pero prefiere sostener una relación vacía antes que poner límites, porque necesita la aprobación de los demás. O como la mujer brillante, profesional, exitosa, hermosa… que, aun con todo a su favor, se siente menos que los demás y subestima su propio valor.

Incluso lo vemos en figuras públicas: artistas que parecen camaleones, adaptándose al humor y a la personalidad de su pareja, perdiendo poco a poco su identidad.

La violencia no siempre se grita. A veces se susurra.
Un comentario “inocente”, un abrazo que aprieta demasiado, un cariño que duele. Se infiltra despacio, como el agua que calienta sin que la rana lo note. Al inicio es tibio, casi reconfortante… hasta que se convierte en un fuego que consume.

Cada minuto que lo permites, tu mente y tu corazón se acostumbran al dolor. Tu cerebro aprende a normalizar el abuso. Y poco a poco tu autoestima, tu confianza y tu seguridad se desgastan. Te vuelves más callado, más autocrítico, más desconfiado… hasta que dudas de tu propio valor y de tu derecho a ser feliz.

No dejes que la llama suba demasiado. No esperes a que el dolor se vuelva insoportable. La vida es demasiado corta para acostumbrarse al abuso. Cada límite que pones, cada paso que das para protegerte, cada decisión para alejarte de lo que te daña, es un acto de valentía, de amor propio y de salvación.

No mereces sufrir en silencio. Nadie merece ser cocinado lentamente. Nadie.

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