
Enrique Córdoba, el viajero empedernido
Por: Edgar Alfonso Aroca Campo (Periodista, @Arocavox)
Enrique Córdoba Rocha ya le dio cinco veces la vuelta al mundo, y lo cuenta con una
frescura como si acabara de afeitarse el bigote. Desde que empezó a viajar en 1972, esto se
volvió un propósito para llenarse de experiencias, amigos y poder vivir a su manera.
Este trotamundos es viejo conocido de Villavicencio, porque pasó varios años de su
juventud recorriendo las calles de la población, primero como estudiante del colegio Caldas
y luego como joven reportero para varios medios de comunicación.
Estamos hablando de los años 60, cuando estaba cogiendo fuerza la nueva etapa del
periodismo y la locución en Villavicencio, porque para esa época llevábamos casi 100 años
de trabajo periodístico de pioneras y pioneros en la prensa escrita, radiodifusión y
fotografía.
De la costa Caribe al piedemonte llanero
Córdoba Rocha nació el 12 de octubre de 1948 en Lorica, Córdoba, la misma tierra del
bocachico, del río Sinú y del fascinante David Sánchez Juliao. Como en el pueblo no había
bachillerato, sus padres lo enviaron a vivir a Villavicencio donde el tío Bernardo Rocha.
Llegó a esta tierra en 1963, cuando el villorio olía a bosque, a naturaleza, cuando se podían
bañar en las cristalinas aguas del río Guatiquía, escalaban la montaña para cazar gallinas y
compartían con la gente en los bazares, porque en esa época todos se conocían.
Acá templó el carácter en el Colegio Caldas, por eso le quedan varios compañeros de clase,
con quienes se reunió en esta visita, para recordar aquellas andanzas de segundo, tercero y
cuarto de bachillerato, y contar anécdotas, como cuando les enseñó a jugar béisbol.
Sus días transcurrían entre el olor a lápiz recién tajado o bajar mangos del palo del colegio,
hasta que empezó el amor por el periodismo, logrando ser corresponsal en la calle del gran
Marco Antonio Franco, cuando daba las noticias por Radio Villavicencio.
Luego vendría la primera columna en el periódico El Candíl, de Jorge García Orozco;
seguido de sus notas en Correo del Llano, de Raúl Fernández y luego la consagración en la
maravillosa revista Trocha, de Leonidas Castañeda. Estaba en lo más alto, pero de Villavo.
El giro a la historia
Enrique tan caracterizado por ser inquieto, pensó que ese no sería su techo, así que para
viajar por el Meta se enroló en el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora).
Pero tampoco se conformó, por eso saltó a Bogotá donde cambió su vida de forma radical.
Estudió Derecho Internacional y Diplomacia, ya que serviría en su propósito: ¡VIAJAR! Y
así fue. Mientras llegaba el tan anhelado grado, con el Incora recorrió Colombia detrás de la
noticia institucional, sólo que de nuevo sintió las fronteras apretándole el cuello.
El primer viaje al exterior lo realizó en 1972, cuando pasó varios días en Nicaragua, con la
buena -o mala- fortuna, que vivió el histórico terremoto de Managua, así que tuvo la
primera excusa para contar una historia, pese a tener que ver la muerte cruzando sus ojos.
Con el título en la mano, viene el éxtasis que todavía sigue: gracias a su cargo diplomático
estuvo en Ecuador, Rusia, Bélgica, fue delegado de Colombia en el Consejo Mundial de la
Paz, así que eran aviones, cruceros y horas y horas en vehículo. ¡Qué maravilla!
En esas andanzas, un día fijó residencia en Estados Unidos y ya son 38 años, donde abrazó
con más fuerza al periodismo fundando un programa de radio que todavía sigue, grabando
videos para otro canal en la Florida, colabora para medios escritos y publica libros.
Soy buen cronista
Entre 1997 a 2020 publicó cinco libros: Cien voces de América; Mi pueblo, el mundo y yo;
Te espero en la frontera; El Marco Polo de Lorica y De la tierra del hielo a la Tierra del
Fuego. Todos cuentan lo que escuchó y vivió, narrados a lo bacano, como habla él.
Está convencido que las situaciones, vivencias o historias que no se publiquen en libros, se
van a perder, yendo a contracorriente en esta época donde todo tiene que escribirse breve,
para que lo lean rápido o se nos escapa el lector en el afán tecnológico y digital.
Dice que es buen cazador de historias, por eso sus mejores fuentes son los propios de cada
poblado a donde llega, a quienes le pregunta por aquellos sitios dignos de conocer,
alejándose de los sitios comunes porque sabe que así es donde aparece lo relevante.
Como el día que encontró al personaje que pagó 500.000 dólares por un cupo en el crucero
Royal Caribbean, que recorre en nueve meses al menos 60 países. ¿Pero dónde se
conocieron? Enrique iba con su esposa montado en el mismo crucero.
Me dijo: “Mira, Édgar, quien no se monta en el ‘tren del éxito’, será un esclavo del salario
mínimo. Lo que tengo lo he conseguido con mi esfuerzo, por eso mi riqueza consiste en
hacer con el tiempo lo que quiero. Somos muy conformistas para no ir más allá del
horizonte”.
“El WhatsApp fue creado en Lorica”
Ha viajado como mochilero, diplomático y periodista. Adora WhatsApp porque es la mejor
forma de comunicarse, ahí tiene 14.658 contactos, en una lista que sigue creciendo porque
cada vez son más los amigos que hace y los vuelve una excusa para subirse a un avión.
Enrique tiene programados viajes hasta el último mes de 2025, por eso se emociona al contar que
pronto estará en la África subsahariana, la África negra que no conoce, al sur del desierto
del Sahara y que es constante emisora de migrantes hacia Europa que buscan un mejor
estar.
Le hace tanta ilusión la odisea, que, al expresarlo, siento la misma alegría de aquel Enrique
en Villavicencio, que le enseñaba a sus amiguitos a jugar béisbol, con el sueño de llevar
una vida más agradable, restándole años a la vejez y andar por el mundo encima del tren del
éxito.


