El alma del comercio en Villavicencio: del mostrador a las redes, historias que inspiran

Por: Melissa Céspedes | @melissa_periodista

En cada esquina del centro de Villavicencio hay una historia. Algunas se escriben desde hace más de 20 años tras un mostrador lleno de mercancía; otras apenas comienzan desde la pantalla de un celular, entre estados de WhatsApp, catálogos virtuales y códigos QR.

En el marco del Día del Comerciante, DesdeElCerro.com recorrió las calles del centro y los pasillos del comercio digital para conocer cómo ha evolucionado la forma de vender, resistir y reinventarse.

Andrés Parra recuerda bien cómo comenzó su negocio con tres millones de pesos prestados por su mamá. Hoy, 22 años después, tiene tres almacenes de tecnología y artículos para el hogar en la ciudad. Aunque confiesa que las redes sociales aún le cuestan, sabe que son una oportunidad, “yo vendo por mis cuentas personales, pero me gustaría que alguien me ayudara con eso, porque se puede llegar más lejos”, dice.
Andrés tiene claro que, aunque el comercio digital avanza, hay una esencia que no cambia,
“yo empecé sin nada, y hoy soy mi propio jefe. La clave es meterle ganas, ser positivo y pedirle a Dios”.
También habló de una de las grandes desventajas del comercio tradicional frente a las ventas digitales, “muchas veces los que venden por redes no pagan arriendo, venden más barato… y nosotros tenemos que asumir nómina, arriendo, todo eso”.

Unos metros más adelante, Amaury Barrera y su esposa trabajan en plena calle, adaptando su puesto informal según la temporada. Ha sacado a su familia adelante gracias a su constancia, “con la rutina de salir todos los días a trabajar, hacer capital, ir ahorrando pensando en una estabilidad para cuando uno llegue a cierta edad”, cuenta.
Amaury aprendió por su cuenta a manejar Nequi y redes sociales para adaptarse al cambio,
“ya muchos usamos las redes para ofrecer los productos”.
 Él encontró en el rebusque callejero una estabilidad que muchos aún buscan en un empleo fijo.

Rocío Ríos, vendedora de ropa, lleva más de 20 años enfrentando los altibajos del comercio. Sobrevivió al incendio del Surtitodo en 2010 y a la competencia de los centros comerciales. Aunque tiene redes sociales, cree en el poder del contacto directo, “nosotros tenemos el poder del convencimiento. La gente quiere ver, tocar, probarse. A veces, por internet, la talla no es la misma o no es la tela que esperaban”, y asegura que el consumo por redes sociales es para “aquellas personas que no son conflictivas para hacer una compra”.

Pero lejos del centro está el mundo digital, donde vender comienza con una historia en WhatsApp.

Carolina Loaiza empezó hace dos años vendiendo globos de cantoya. Hoy maneja más de 500 productos y hace la mayoría de sus ventas desde el celular, “la gente ya no tiene tiempo de ir al centro. Yo les llevo lo que necesitan a su casa. La confianza lo es todo; en mi caso, yo soy mi imagen y eso me ha abierto puertas”.

Alejandro Ávila también lo entendió rápido. Renunció a su trabajo en telecomunicaciones y apostó por su pasión: vender ropa. Hoy, comercializa más de 200 productos al mes, afirma que lo más difícil fue comenzar. “Creo que el voz a voz hoy en día es una herramienta muy fuerte para hacer conocer a las demás personas, la gente no confía, preguntan si uno es real, si la página es segura. Pero si uno le mete disciplina y se gana al cliente, todo llega”. 

Aunque los métodos cambien, hay algo que une a todos estos comerciantes, la perseverancia, la disciplina y las ganas de salir adelante. Ya sea desde un mostrador en el centro o desde el chat de un celular, vender sigue siendo un acto de fe, y de trabajo diario.

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