
Perdió el año. ¿Y ahora qué?
Fanori Andrea Lozada Ríos
Psicóloga y Neuropsicóloga Clínica
Opinión
Cuando en diciembre alguien dice: “perdió el año”, en muchas casas se oye un silencio incómodo y se enciende el drama. Padres preocupados, jóvenes con cara de “trágame tierra” y docentes pensando: “esto se veía venir desde marzo”. Pero, más allá del susto, perder el año escolar es una señal de alerta que no podemos seguir tomando a la ligera. Hoy el aula solo carga con una parte del trabajo. Los docentes hacen malabares , pero cuando suena el timbre y los estudiantes llegan a casa, comienza la verdadera batalla: tareas vs. celular. El enemigo silencioso: “solo cinco minutos más”. En muchas familias, la tarde se va entre TikTok, videojuegos y mensajes que “no pueden esperar”. El cuaderno queda cerrado, la tarea se hace a medias y el rendimiento disminuye. Luego llega la frustración, el regaño… y el círculo se repite. Así, poco a poco, el año escolar se va perdiendo y con él, la motivación del estudiante.
Y ojo: no se trata solo de notas rojas. Detrás de un mal rendimiento suelen esconderse cansancio emocional, ansiedad, baja autoestima y hasta síntomas de depresión.
Muchos docentes coinciden en que hoy no basta con explicar matemáticas o lenguaje: también toca leer emociones. Algunas estrategias que están marcando la diferencia son: detectar a tiempo cuando un estudiante se “desconecta”, hablar más y señalar menos, hacer del aula un espacio donde equivocarse no sea un delito. Trabajar de la mano con orientadores y familias. Un profe que escucha puede evitar que un estudiante se rinda.
Para los estudiantes, repetir grado se siente como cargar un letrero invisible que dice “fracasé”. Pero no es así. Perder el año no es perder la vida ni el futuro. Es una pausa obligatoria para reorganizarse.
Aquí algunos consejos claros que podrían ayudar a nuestros jóvenes: Hablen de lo que sienten (guardarlo todo los enfermara). Pongan límites al celular (sí, se puede vivir sin él unas horas). Pidan ayuda sin miedo: al profe, al orientador o en casa.
La salud mental también se estudia y se cuida.
Algunas ideas para que los padres puedan apoyar a sus hijos:
El regaño no mejora las notas y la humillación no educa. Los padres no necesitan ser expertos en álgebra, pero sí en escucha.
Algunas claves: rutinas claras para estudio y descanso, supervisión real del uso del celular. Diálogo constante con el colegio, buscar ayuda profesional cuando el ánimo del hijo cambia demasiado. A veces, el “¿cómo te sientes?” vale más que mil sermones.
El sistema educativo avanza con estrategias para evitar la deserción escolar y fortalecer el apoyo emocional en las instituciones educativas. Pero ningún programa funciona si escuela y familia jalan para lados distintos. Perder el año no debería ser una sentencia, sino una oportunidad para corregir el rumbo. Hablar del tema con humor, pero con responsabilidad, puede ayudarnos a entender que educar no es solo pasar materias, sino cuidar personas.
Porque al final, un boletín no define a nadie… pero la falta de acompañamiento sí.


