Alerta de suicidio

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Fanori Andrea Lozada Ríos

Psicóloga y Neuropsicóloga Clínica

Opinión 

Hace años una madre llegó a consulta desesperada: su hijo de 12 años había intentado suicidarse con una corbata. ¿La razón? Le quitaron la Xbox. Suena a película de comedia mal escrita, pero no lo fue. Para ese niño, la consola no era un simple aparato: era compañía, identidad y escape. Lo que para un adulto parece una rabieta, para un joven puede sentirse como el fin del mundo. Y no: eso no es exageración.

Antes de pensar “¡ay, los jóvenes de ahora!”, baja la tarjeta roja del juicio. Cada persona tiene su propia escala de catástrofes. Para algunos, perder el trabajo es devastador; para otros, que les quiten la contraseña del Wi-Fi puede serlo. Minimizar lo que siente otra persona no ayuda: confunde y aísla.

Durante la pandemia trabajé en una línea de emergencia emocional en Mérida, Yucatán, México. Una persona me llamó con la voz rota: “si no me dices algo ahora, me suicido”. No di un sermón ni saqué un manual de autoayuda. Le pedí, con toda la solemnidad del mundo: “Por favor, toma agua”. Se rió (una risa nerviosa), fue por un vaso, bebió, hablamos una hora y terminó pidiendo ayuda. Moraleja: a veces el superhéroe que salva el día no necesita capa; solo un vaso de agua, un snack, un abrazo sincero y orejas disponibles.

Para no improvisar uso una técnica práctica y fácil de explicar: el semáforo emocional —sí, como el del tráfico, pero sin peatones imprudentes—.

• Rojo (explosivo): peligro inminente. Habla de querer morir o hacerse daño, tiene un plan concreto (pastillas, armas, cuerdas), regala cosas importantes o se despide como si fuese un adiós definitivo. Cambios bruscos: abandono extremo del cuidado personal, desesperanza intensa.
• Amarillo (con chispa): alerta, pon atención. Ha tenido intentos anteriores, pérdidas recientes muy visibles (rupturas, problemas graves, deudas que devoran sueños) o diagnósticos sin tratamiento o seguimiento.
• Verde (brisa): aunque sufre, habla de futuro, acepta ayuda y mantiene redes de apoyo. Objetivo: acompañar, reforzar vínculos y asegurar seguimiento.

Si ves rojo: no lo dejes solo. No digas “se le pasará”; llama a emergencias o busca ayuda profesional. Si alguien dice “no sé para qué sigo” o “estarían mejor sin mí”, tómatelo en serio: no es cursilería ni teatro, es una llamada de auxilio.

No necesitamos ser héroes épicos. La intervención más efectiva a veces es de “bajo presupuesto emocional”: un vaso de agua, una galleta, un abrazo sincero y una hora de escucha. Puede que no suene cinematográfico, pero salva vidas. Y si un día te toca ser el héroe, lleva algo tan contundente como un vaso frío… y la voluntad de quedarte un rato.

La escucha activa es fundamental: consiste en prestar atención plena, comprender las emociones y los pensamientos de la otra persona y responder con empatía. Es simple pero poderosa; recuerda: “es ciencia y funciona”.

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