
El poder oculto de tus recuerdos. Cómo liberarte
Fanori Andrea Lozada Ríos
Psicóloga y Neuropsicóloga Clínica
Opinión
Todos llevamos dentro recuerdos emocionales, también llamados “amigdáliticos”, que han marcado nuestra historia personal y dejado huellas profundas en lo que somos hoy. Te propongo un pequeño ejercicio: piensa en un recuerdo de tu infancia, tómate tu tiempo, puede ser entre los 0 y 6 años, o entre los 6 y 13 años. Quizá venga a tu mente un regalo especial, un momento en familia, un olor inolvidable… o tal vez una experiencia dolorosa. Si ese recuerdo sigue vivo en ti, es porque tiene una carga emocional significativa, aunque tal vez no sepas con exactitud qué emoción lo acompaña.
Ahora imagina la siguiente escena: estás sentado, leyendo tranquilamente “desdeelcerro.com”, disfrutando un buen café colombiano y una deliciosa almojábana, cuando de repente suenan las alarmas anunciando que la represa de Chingaza se desbordó. En ese instante, dos partes muy importantes de tu cerebro entran en acción: el hipocampo, encargado de recolectar y almacenar la información de la memoria —en este caso, que estabas leyendo plácidamente aquella columna—, y la amígdala, nuestra antenita emocional, que se encarga de retener la carga emocional de las experiencias. Así que, cuando sonaron esas alarmas, tu amígdala, como las antenitas de vinil del Chavo del Ocho, se encendió al máximo para grabar en tu mente un recuerdo absolutamente amigdálitico. Quizá no recuerdes cada palabra del texto que estabas leyendo, pero sí recordarás con claridad que estabas allí cuando sucedió ese evento impactante.
Pero la amígdala no solo almacena recuerdos cargados de miedo o estrés, también guarda los momentos hermosos. Volvamos a la escena: estás otra vez leyendo, disfrutando de tu café y tu almojábana, pero esta vez las alarmas no anuncian tragedias… sino que tu corazón se acelera porque tu amor llega a la puerta con una serenata inolvidable. Y ahí mismo, nuestra amiga la amígdala se enciende de nuevo, pero ahora para guardar un recuerdo cargado de emoción bonita, de esos que hacen suspirar al recordarlos.
Estos recuerdos emocionales no solo forman parte de nuestra historia, también influyen en cómo nos sentimos y actuamos en el presente. Muchas veces, experiencias pasadas que no hemos procesado emocionalmente están en la raíz de nuestra ansiedad, tristeza, dificultad para relacionarnos o esa sensación de estar abrumados “sin razón aparente”.
La buena noticia es que trabajar con esos recuerdos amigdáliticos es posible y puede ser muy beneficioso. Te invito a hacer un ejercicio sencillo pero poderoso: escribe todos los recuerdos emocionales que vengan a tu mente y clasifícalos en tres etapas de tu vida: de 0 a 6 años, de 6 a 13 años y de 13 a 24 años. Identificarlos y reflexionar sobre ellos de manera consciente es el primer paso para comprender su impacto en tu presente. Este proceso puede ayudarte a sanar heridas emocionales, liberar cargas del pasado y recuperar tu equilibrio interno.
Entender el papel del hipocampo y la amígdala nos recuerda algo fundamental: nuestras emociones no son casualidad, son el reflejo de una vida llena de experiencias que nuestro cerebro jamás olvida.
Recuerda: es ciencia… ¡y funciona!


