Cuando el río suena, es porque lo invadieron

Columna de Opinión

En este momento puede resultar incómodo hablar del tema. Lo sé. Hay familias afectadas, hay dolor, hay pérdidas. Pero hay cosas que, precisamente por dolorosas, deben ser dichas.

Cada temporada invernal en Villavicencio y otros municipios del Meta deja la misma postal: casas destrozadas, enseres flotando, puentes colapsados y familias clamando ayuda.

Y sí, la naturaleza es implacable, pero también tiene memoria: los ríos, los caños, las quebradas, recuerdan por dónde pasaban. Y tarde o temprano, recuperan lo que era suyo.

No es un secreto para nadie que muchas de las viviendas afectadas por las lluvias están construidas en zonas de alto riesgo: al borde de los ríos, debajo de laderas inestables o casi metidas dentro del cauce. Basta con pasar por el sector de La Nora, vía Acacías, para ver casas que desafían al río, no con ingeniería, sino con fe, o con terquedad.

Y cuando la tragedia ocurre, ¿a quién le reclamamos? A la Alcaldía, a la Gobernación, a la Oficina de Gestión del Riesgo. A esas mismas entidades a las que nunca se les pidió un permiso para construir, pero que sí deben responder, con recursos públicos, por los daños.

¿Cuánto le cuesta al Estado —es decir, a todos— cada atención de estas emergencias que pudieron haberse evitado?

¿Cuánto cuesta volver a levantar lo que no debió construirse ahí?

¿Es culpa de las autoridades por no controlar?

¿O es simplemente imposible hacerlo en un país donde la necesidad de vivienda choca con la lentitud institucional, la falta de alternativas y, muchas veces, la informalidad total?

Claro que la necesidad aprieta, pero eso no puede justificar que pongamos en riesgo la vida de nuestras familias. No se trata de señalar con el dedo, sino de plantear preguntas necesarias:

• ¿Qué hacemos como sociedad para evitar seguir ocupando zonas de alto riesgo?

• ¿Estamos educando a la gente sobre dónde se puede y no se puede construir?

• ¿Dónde están las alternativas reales de vivienda segura para las familias más vulnerables?

Esta columna no busca repartir culpas, sino invitar a la reflexión. Porque si no empezamos a hablar claro, seguiremos llorando sobre los escombros del próximo aguacero.

Comparte