Por: Melissa Céspedes | @melissa_periodista
Lo que hoy es un destino turístico ecológico, autosostenible y con sello internacional, nació de la tragedia, el desplazamiento y la esperanza, un terreno que fue comprado por una pareja de campesinos en 1973 por un valor de 250 pesos.
A 13 kilómetros entre los municipios de Lejanías y El Castillo, Meta, Gloria Isabel Velasquez una mujer cabeza de hogar decidió, junto a su esposo y sus hijas, reconstruir una finca heredada por sus suegros, que por años estuvo en el abandono y convertirla en un ejemplo de vida y protección ambiental.
La historia se remonta a 2013, cuando la señora Gloria, tras vivir el dolor de la violencia en Medellín y perder todo en medio del conflicto, decidió creer en un proyecto que nadie más veía posible, revivir una finca olvidada, sin casa, sin servicios y cubierta de potreros. Lo que la motivó fue su conexión con la naturaleza, la presencia de enormes piedras milenarias y el deseo profundo de sanar a través del trabajo y la tierra.
“Me dijeron que estaba loca, que iba hacer en una finca donde no había una casa, donde solo eran pastales, pero yo quería demostrarles lo contrario”, relata doña Gloria con orgullo. Y es que el camino no fue fácil, lo perdieron todo en un incendio en 2015, justo cuando estaban comenzando a salir adelante. Pero desde las cenizas, literalmente, nació un proyecto que hoy cuenta con 5 cabañas, piscina natural, cultivos de café, cacao, aguacate y hortalizas sin agroquímicos, con senderos ecológicos, un turismo espiritual y energía 100 % solar.
Su finca, que lleva por nombre Cascada de Azufre, ha recibido el sello internacional Rainforest Alliance por su compromiso con la conservación. También fue reconocida por la empresa italiana Lavazza y entidades nacionales como Macarena y Negocios Verdes. En medio del potrero, surgió una reserva con más de 170 especies nativas, donde ahora se hacen experiencias de reconexión espiritual y educación ambiental.
La familia, liderada por esta mujer, junto a su esposo y sus hijas, ha enseñado a jóvenes de la vereda a convertirse en guías turísticos. Han creado una empresa formal, gestionan redes sociales y hacen transformación de productos como café, chocolate, vinos y cosméticos naturales.
Este no es solo un emprendimiento rural, es un testimonio de cómo el amor por la tierra, la voluntad y la resiliencia pueden reescribir la historia de una familia y de un territorio.



